domingo, 24 de julio de 2016

Pompas de jabón

Caminando por el gran bulevar todo recto hasta la novena calle; de ahí, a la izquierda por el callejón donde está la panadería que hace esquina, esa que todo el mundo dice que es tan cuca. 

En el edificio número catorce, el de los ladrillos marrones oscuros (esos que en su día debían ser rojizos y brillantes, pero que ahora están horriblemente sucios por el humo de los coches). 

Desde la puerta de entrada hacia arriba, contando: uno, dos, tres... La tercera ventana a la derecha, justo ahí, en ese pequeño rincón, vive la chica de las lágrimas de la hora de la merienda.

Al menos yo la llamo así, porque cada tarde, hacía las cinco y media más o menos, esa chica llora unos enormes lagrimones mientras traga cereales de azúcar con cara de frustración.

Por cada cucharada que se mete en la boca, caen dos o tres gotas que se mezclan con la leche y los aros de colores y así sigue por media hora, hasta que se queda sin merienda. Para ese entonces normalmente ya ha dejado de llorar. Por eso yo la llamo la chica de las lágrimas de la hora de la merienda, porque solo dura eso, no más.

Acostumbro a mirarla desde mi ventana, que por estar en el edificio número diecisiete del otro lado de la calle, queda justo delante de su ventana; por lo que podría decirse que tengo entradas en primera fila aseguradas para siempre, o mejor aún, se podría decir que tengo el abono para toooodas las temporadas.

A ver, sé que dicho así suena horrible, pero no es como si fuera un psicópata demente mental de esos que se obsesiona con una pobre chica, y la aterroriza cruelmente hasta que la mata, no es eso, juro que no, solo lo hago por pura curiosidad.

Cada tarde la observó desde mi ventana, preguntándome que es lo que la hace llorar con tanta frustración. Con el tiempo he llegado a formularme mis propias teorías conspiratorias. 

La verdad es que yo también tengo un secreto para la hora de después de la merienda; y es que cada tarde, hacia las seis de la tarde, justo cuando la chica de las lágrimas de la merienda esta por terminarse sus últimas cucharadas, el cielo de la novena calle se llena de pompas de jabón que brillan bajo el sol, cambiando de color violeta, verde, azul y rosado, saliendo desde la ventana del edificio número diecisiete del callejón de la panadería tan cuca que hace esquina.

La sincronización es casi perfecta, pues cuando las burbujas llegan a la tercera ventana del edificio número catorce, ya no quedan cereales en el cuenco, y la chica de las lágrimas de la merienda pasa a ser la chica que persigue burbujas de arco iris, dando al menos cinco sonrisas por cada dos o tres pompas de jabón.

Una buena proporción a mi parecer.